Teoria Cuantica y la percepción de la Realidad

Teoria Cuantica y  Realidad

 
La cuántica establece que las partículas elementales, constitu- yentes del átomo, no son elementos esencialmente reales dada su imprecisión existencial. Se pueden comportar como partículas en un momento dado, y como ondas en el siguiente o en el anterior como si existieran en un espacio y un tiempo que no reconoce el presente, saltan del pasado al futuro, y a la inversa. El presente sólo es reco- nocido como una necesidad y una arbitrariedad de la observación humana. Es muy importante resaltar que bajo este contexto se esta- ría admitiendo la existencia del tiempo. No obstante, contradicto- riamente, las partículas elementales y las ondas exigen su derecho de ser el fundamento de la materia. Paradigma complejo y de difícil solución. La relevante incapacidad estriba en que tanto los fenóme- nos a grandes velocidades como los que ocurren en el mundo de   las partículas elementales o micropartículas o mundo cuántico, son solubles siempre que no sean sucesos  simultáneos.

Esta disyuntiva generó el principio de incertidumbre por el cual conocemos que la velocidad y situación de una partícula elemental solamente se puede fijar en un instante dado, pero nunca se sabrá qué sucederá en el instante siguiente, y tampoco si actuará como tal partícula o como función de onda, es decir, como una onda. Enton- ces, es aquí donde la dualidad onda-partícula asume un papel prota- gónico para darnos una clara explicación a este dilema.

La física clásica la erigió Newton como respuesta al sentido co- mún. En este marco macroscópico la materia se puede evaluar, se pre- cisa su posición y su comportamiento, se prevén los movimientos y velocidades, sus energías y sus resultados. Las ondas eran elementos de segundo orden en comparación con las partículas que por solas eran suficientes para conformar la materia. La física clásica no intuyó con la perspicacia necesaria “las posibilidades de las ondas actuando como partículas”, al no conocer estos elementos subatómicos, a la vez extremadamente cercanos y lejanos, pero vinculados estrechamente a la vida de los átomos y no fue más allá del horizonte molecular. La cuántica teoriza sobre la constitución íntima de la “materia real” fundamentándola en dos partículas elementales: fer- miones y bosones. Los fermiones son las partículas que construyen la estructura de la materia, y se encuentran representados por los electrones, protones y neutrones. Son partículas que actúan con cierta independencia y autonomía. Los bosones son los ectores que transportan la esencia y la fuerza de la naturaleza, facilitando la conjunción del universo, son partículas indepen- dientes que siempre interactúan entre sí, a veces sincrónicamente, pero que en ciertas condiciones pierden  su  individualidad.



Esta paradoja de la interdependencia e individualidad de estas partículas fue enunciada por Einstein, Podolski y Rosen. Los bosones están constituidos por los gluones, gravitones y fotones, siempre contendencia unívoca a la reunión dispersa.

La interrelación dinámica entre fermiones y bosones la funda- menta especialmente el fotón, que al no tener carga es su propia antipartícula. Pares de electrones y positrones pueden ser creados espontáneamente por fotones, y este proceso se puede invertir como consecuencia de su propia aniquilación. La antipartícula del electrón es el positrón. La colisión de un fotón (f) con un electrón (e_) genera un brusco cambio en la dirección de este. El e_ absorbe al f, luego lo emite cambiando de nuevo su dirección. Fermiones y bosones son partículas elementales que actúan en instantes indeterminados como funciones de onda.

Por causa de los bosones los fermiones se mueven y se mantienen coherentes entre sí, aunque independientes, en el proceso de creación. Cuando los bosones se solapan por la afinidad generada a causa de una “información compartida resonante”, conllevan una determinada identidad, pero las probabilidades de existencia como tales partículas individuales disminuyen, concretándose la materialización. A este proceso se le denomina caída de la función de onda. Esta primigenia afinidad puede hacer suponer la presencia de un inicial estado elemental de conciencia. La pérdida de la cualidad individual de los bosones es la responsable directa de la aparición de un primer estadio de una estructura material consciente de su propia existencia.

Las ·”partículas elementales” no obedecen a leyes predeterminadas, por lo que para quien las observa en este estado inicial resultan parecer la consecuencia de una situación caótica, de aceptación probabilística. Minkowski, y luego su alumno, Einstein, proponen


los campos o planos de referencia inercial, por ejemplo: si se supone que un turista que se encuentra en Sacré Coeur, París, pregunta dónde se encuentra el edificio número 10, cerca de la “Place du tertre”. Para un parisino domiciliado en esa zona le será muy fácil explicar, ya sea topológica o matemáticamente, lo que debe hacer el turista para llegar a esa exacta dirección, sin embargo, a nadie se le ocurrirá preguntar por esa misma dirección si se encuentra a 1.000 kilómetros.

En todo caso preguntará dónde se encuentra Europa. Es decir, los hechos responden a determinados “planos de referencia inercial”. De aquí surge el concepto de lo relativo, que en todo caso responde a la referencia asociada al propio observador.

Es en el mundo de las certezas, donde el movimiento es natural, pues lo controlamos por el espacio recorrido, por el tipo de velocidad, el tiempo y la energía empleada. Sin embargo, para la teoría cuántica no pueden existir planos de referencia, excepto los que devienen de un preciso instante dado. Es el mundo de lo impredecible, donde todo fluye, donde las partículas aparecen y desaparecen, sus movimientos son discontinuos y giran sin cesar en todas direcciones, algunas veces como tales partículas y otras veces como funciones de onda.

En el espacio y el tiempo se difunden en el mundo de las partículas que circulan sin orden cronológico, se diluyen en campos de magnitudes de onda en su propio y aleatorio espacio y se complejifican en ocasiones, permitiendo la materialización, y en otros instantes, invirtiendo el curso del tiempo.

Las “realidades” cuánticas son estados potenciales, puesto que es el concepto energético el que predomina cuando hablamos del movimiento, y sabemos que es allí donde está el gran enigma que viene de la llamada cuantización de energía o no existencia de estados continuos, pues se repite la pregunta
¿qué existe entre dos valores próximos de energía cuantizada? ¿Cómo se propagó la idea? Se supone que a través de la redes neuronales, pero, ¿qué hubo allí?, es decir, entre el pensamiento que produjo la idea y la idea misma no sabemos qué existe, ¿energía cuantizada? Y entre cada nivel de energía ¿qué hay?, es aquí donde podemos hablar del salto cuántico.

¿Actuó justamente nuestro espíritu?, o tal vez ¿existe un mundo de partículas infinitamente más pequeñas que las que conocemos como más pequeñas hasta ahora? Es posible que sean estas las que producen las miles de interacciones en millonésimas de segundos



entre el pensamiento y el momento infinitesimal en que se produce la idea.

Naturalmente, para un observador abstraído es más simple des- envolverse en el mundo de la física clásica; no podría hacerlo en   el mundo cuántico, pues este observador necesitaría de hechos más sensibles al entendimiento común, visibles o no. Es el denomina- do acontecimiento de reversibilidad temporal, en el que los sucesos ocurren de una manera tal que permiten adoptar cualquier dirección en el espacio y en el tiempo. Es por esto por lo que el observador influye definitivamente en la interpretación de la materia, es el que le aporta conciencia a la realidad. Ello permite las dualidades onda- partícula, cuerpo-conciencia y mente-realidad, aspectos todos ellos indisociables de la existencia.

Es el observador el que crea la realidad del instante presente y no es el instante lo que determina la realidad. Si este instante no es observado se puede generalizar diciendo que se difundirá, extinguiéndose en el tiempo. Por tanto, sólo es la conciencia del observador del suceso lo que le aporta realidad.

EL PODER DEL AHORA.

Pero, ¿y si no se tiene conciencia de ese mismo suceso, existe en realidad? El observador crea pero en respuesta a su conciencia.

Las partículas elementales parecen estar aparentemente alejadas en el espacio-tiempo, pero en realidad, en un dominio subyacente, el dominio implícito cuántico, permite que se encuentren vinculadas entre sí. Según Bohr, este dominio se comporta como el patrón de interferencias de un holograma. En el dominio implícito de las fre- cuencias no existe el espacio, ni las distancias, y por ello, tal como dice Pribiam: “la separatividad es una ilusión construida en nuestro cerebro”.

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